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Culturas perdidas Los Ainu

En todos los continentes, por no decir todos los países, existen (o existieron) culturas minoritarias e indígenas que, a lo largo del tiempo, se han visto asimiladas por comunidades más amplias y capacitadas. Una de las más conocidas, por ejemplo, es la de los indios nativos de Norteamérica, reducidos a vivir en «reservas» cuando ellos estaban allí antes que los que los expulsaron. Otros grupos que nos tocan de cerca, por motivos obvios, son los nativos de Centroamérica y Sudamérica, como los tz’utujiles, de tradición maya y presentes en Guatemala, o los aimaras, repartidos por Bolivia, Perú, Chile y Argentina.

Si bien es cierto que todos los pueblos indígenas tienen que lidiar no solo con la situación política del país, que muchas veces los pone contra las cuerdas, sino con su propia subsistencia y el reconocimiento como nativos, algunos están en una situación mucho más crítica como pueblo que otros.

Una de estas culturas indígenas es la de los ainu (アイヌ), presentes en Japón (Hokkaido) y en Rusia (Islas Kuriles, Isla de Sajalín). Aunque se estima que hay más de 200.000 descendientes de este pueblo en la actualidad, solo algo más de 20.000 está registrado como ainu; el resto, probablemente, se habrá visto asimilado por la cultura japonesa mayoritaria (que se llamaban a sí mismos «yamato» o «wajin») y no tienen consciencia de su ascendencia, o simplemente no quieren sentirse diferentes.

Se dice que los ainu surgieron tras la unión de otras dos culturas indígenas que vivían en la misma situación geográfica, los okhotsk y los satsumon. Controlaban la isla de Hokkaido, situación que molestaba a los japoneses, por lo que las disputas y guerras entre ambos fueron frecuentes durante los periodos Muromachi (1336-1573) y Edo (1601-1868). En este último, los ainu empezaron a comerciar con los japoneses y acabaron dependiendo demasiado de los bienes importados. Las epidemias, como el sarampión o la viruela, contribuyeron para que la población de ainu descendiera drásticamente durante los siglos XVIII y XIX. Las reformas sociales que se llevaron a cabo durante la restauración Meiji, que pretendía modernizar el país y ponerlo a la par con occidente, no tardaron en resultar nocivas para el pueblo ainu. En 1899 los ainu dejaron de ser indígenas por ley y tuvieron que aprender japonés, adoptar nombres japoneses y seguir su cultura y religión, dejando atrás todo lo que los reconocía como ainu. Tuvieron que esperar hasta la década de los 80 en Rusia y 2008 en Japón para ser reconocidos oficialmente como cultura indígena.

Las facciones de los ainu originales son más parecidas a la de los mongoles y otros grupos tanto de Asia como de Oceanía que a las de los japoneses y sus tradiciones, religión y modo de vida también diferían. Vivían en casas muy pequeñas sin amueblar, con dos puertas y una ventana. Se consideraban adultos a edades distintas: las mujeres de los 15 a los 16 y los hombres de los 17 a los 18. Vestían trajes tejidos con la corteza interior del olmo, vivían de la caza, la pesca y el cultivo y rendían culto a dioses basados en elementos naturales y animales. Estos cultos no tenían líderes espirituales de por sí, sino que, generalmente, el jefe de la aldea ejercía también de sacerdote y practicaba los ritos que consideraba necesarios.

El idioma ainu se transmitía de manera oral de generación en generación, por lo que su transcripción se realizaba mediante el cirílico o uno de los silabarios japoneses, el katakana. Se considera una lengua aislada, ya que no se ha podido demostrar su relación con ninguna familia lingüística. La teoría más reciente lo ubica, junto al japonés, en el grupo de lenguas austroasiáticas mediante un programa automático de comparación lingüística que se sirve de bases de datos de listas de palabras. Alexander Vovin, profesor de la Universidad de Hawaii, dividió en 1993 el ainu en tres grandes dialectos: Hokkaido, Kuril y Sajalín. Se cree que las variables de estos dialectos, aunque cohabitasen, por ejemplo, la misma isla, no se entendían entre ellos. El único «lenguaje» que todos los ainu comprendían era el Yukar, unas sagas de narraciones épicas que se transmitían de generación en generación por narradores especializados y dedicados a ello. Los Uepeker también eran cuentos parte de la literatura oral.

A nivel fonológico, las sílabas se presentarían como CV(C): formadas por un principio (o ataque) de consonante + vocal y una coda silábica opcional. En cuanto a vocales, presenta 5 sonidos (/a, e, i, o, u/) y como consonantes aparecen p, t, k, ts, m, n, s, h, w, j y lo que sería, comparándolo con el español, una r suave (posición intermedia o final). /p, t, ts, k/ pueden pronunciarse como [b, d, dz, g] entre vocales y tras nasales. /s se convierte en [ʃ], sibilante fricativa, antes de /i/ y al final de las sílabas. Obviamente, la existencia de dialectos conlleva a diferencias en la pronunciación y la acentuación de las palabras.

La tipología del ainu es similar al japonés. El orden en la oración suele ser de SOV (Sujeto – Objeto – Verbo), con posposiciones en lugar de preposiciones. Se considera una lengua polisintética; es decir, formada por muchos morfemas que inducen a incorporaciones, referidas a la unión de verbos y sustantivos en una misma palabra.

Al ser un lenguaje eminentemente oral, actualmente se utiliza una versión del katakana japonés o un alfabeto basado en el latino. De hecho, este último resulta mucho más útil que el japonés a la hora de transcribir la oralidad del ainu, ya que permite mayor flexibilidad que el japonés, que está segmentado en sílabas.

Como bien se expuso con anterioridad, en la actualidad muchos ainu deciden no registrarse como tal, ya que existe gran discriminación disimulada hacia ellos por no ser japoneses «puros». A pesar de que se intentó integrar a los ainu en la sociedad mediante la neutralización de sus costumbres, hoy día se pretende, con mayor o menor éxito, respetar y preservar estas tradiciones con medidas lanzadas por el gobierno japonés y grupos ainu que luchan por sus derechos.

Si no tuviéramos una palabra para decir «amor», «odio», «preocupación», «tranquilidad», ¿podríamos realmente sentirlo? Esa es una de la preguntas que se planteó el lingüista norteamericano Benjamin Whorf al observar que algo curioso pasaba con el lenguaje: nuestras categorías para observar el mundo podrían no ser las únicas posibles.

Lenguaje limitar realidad

Todo ocurrió en un viaje de expedición para estudiar al pueblo y lenguaje hopi. Fue en este trayecto donde se percató de la gran diferencia entre las lenguas europeas y la forma de expresarse de los hopi. Los hopi carecen de tiempos verbales. Centran su atención en los hechos. Si ocurrieron o no, y quien los vio. Por ejemplo, la palabra “wari”, quiere decir “corriendo”. Puede significar “corre”, “corrió”, “ha corrido”, etc.  No importa cuándo sucedió, sino que sucedió en sí y quién lo hizo o quién vió el hecho suceder.

Por lo tanto, podríamos afirmas que los hopi viven en un mundo de hecho, que pueden haber sido vistos o no vistos. En cambio, nosotros vivimos en un mundo de tiempo verbales, calendario y relojes.

Más adelante, se han realizado experimentos que corroboran esta teoría. Por ejemplo, un estudio de esta índole concluyó que los hablantes de habla inglesa y lo de lengua maya tienden a escoger o clasificar objetos de forma distinta. En el experimento, se les pidió a los dos grupos de hablas distintas que eligieran objetos parecidos a una caja de cartón. Los de habla inglesa, seleccionaron objetos con forma de caja, aunque fueran de cristal, plástico o cartón; mientras que, los de habla maya, escogían objetos de cartón, sin importar su forma. Esto se produjo porque la lengua maya da más importancia a los materiales que componen los objetos  que la forma que tienen.

En otro estudio, se entregó un cuento de unas 24 ilustraciones a cinco grupos de niños, cada grupo de procedencias distintas: turco, hebreo, alemán, inglés y español. A continuación, se les pidó que contaran con sus propias palabras la historia que habían visto en imágenes. Se encontró que cada grupo de niños, hacía énfasis en aspectos distintos. Así, los hablantes de turco, español y hebreo,podían más atención e hincapié en describir la acción, mientras que, los hablantes de inglés, describían más el lugar donde ocurría la acción. También había diferencias en los aspectos temporales y en el énfasis en los detalles que rodean a los protagonistas.

Este tipo de estudios, han dado lugar a que sea relativamente aceptado que hay una relación entre la importancia que cada lengua da a determinados aspectos de la realidad y la manera de categorizarla. Esto es como se ha denomindado a la hipótesis que sintetiza estos conceptos: “hipótesis de Whorf-Korzybski”.

Si uno tiene la suerte de hablar una lengua distinta a la materna, sabrá que cambiar de idioma, es literalmente “cambiar de mundo”. Pero no es necesario cambiar de idioma, para darnos cuenta que las palabras sí moldean la forma en que relacionamos algunos conceptos.  Y esto se debe a los discursos y las visiones de mundo que tienen asociados. En ese sentido, la forma en la que nuestro lenguaje describe el mundo, afectaría, no tanto a como vemos el mundo en sí, pero si podemos afirmar que afecta a la manera en que ordenamos categorías y establecemos relaciones entre las cosas.